Cerca del sexto mes de mi primer embarazo, estaba en la fila de un buffet de una reunión social a punto de meterme en la boca un trozo de crujiente pan con queso Brie horneado.
¿Es eso queso Brie? me preguntó una amiga. “Si, por…” Le dije. “Bueno,” dijo, “Mi médico experto en obstetricia me dijo que no comiera quesos blandos mientras esté embarazada”
Preocupada por no dañar mi guagua por nacer, y petrificada de parecer osada en mi estado de preñez, dejé de mover el peligroso material hacia mi boca, y encogiendo los hombros simplemente lo arrojé a la basura.
No supe por qué no se podía comer queso Brie sino hasta mi segundo embarazo.
Emily Oster, una economista de la revista The Wall Street Journal no obedecía tan ciegamente a las recomendaciones que le dieron durante su embarazo. En vez de seguir los mandamientos del embarazo – no beberás alcohol, no comerás pavo en rodajas, no disfrutarás café cafeinado o baños calientes sin culpa, no jugarás con la arena del gato, no subirás de peso – hizo lo que toda respetable economista haría, analizar los datos y estadística, luego hacer su propia estudiada decisión.
Oster aprendió que que algunas restricciones sin exageradamente estrictas. Examinó los datos sobre subir de peso en el embarazo y encontró que la consecuencia más común encontrada en mujeres con sobrepeso en el embarazo es que tienen guaguas más grandes y partos más difíciles. La mayor preocupación, que Oster descubrió es ganar muy poco peso.
Las guaguas muy pequeñas tienen altos riesgos de sufrir problemas respiratorios y complicaciones neurológicas. Las recomendaciones – que se enfocan solo en la probabilidad de que una de estas cosas sucedan y no en la magnitud – están incompletas. Al final, concluí que que debía preocuparme más por subir muy poco de peso que por subir demasiado.
Y los alimentos prohibidos: Después de revisar los números, Oster aprendió que el queso fresco y el pavo procesado eran de hecho alimentos que valía la pena evitar, pero que otros alimentos no.
“Evitar el jamón en rodajas disminuye mi riesgo de contraer listeria de 1 en 8.333 a 1 en 8.255. No creo que esto valga la pena. Tendría más sentido evitar el melón.”
Oster también analizó montones de datos relativos al consumo de alcohol y no encontró “evidencia creíble” que apuntara al hecho de que beber ligeramente tuviera un impacto en el desarrollo cognitivo de los bebés por nacer.
“La evidencia demuestra sorprendentemente que beber en forma ligera está bien. Por supuesto esto es sensible a la velocidad. Ambos, los datos y la ciencia sugieren que la rapidez con la que se bebe, y si has comido o no influyen. No es tan complicado: Bebe como un adulto europeo, no como un hermano de fraternidad”
Una entusiasta del café, Oster revisó los datos detrás del consumo de cafeína. Qué le falta a la ecuación – menos café significa menos riesgo de aborto – el factor náusea. Las nauseas, signo de embarazo viable, inhiben la ingesta de café, podemos deducir que una mujer que bebe café en el primer trimestre es porque no sufrió náuseas y por lo tanto tiene más riesgo de aborto o pérdida.
Después de la fiesta, en la que rechacé incluso sostener la copa de champagne del brindis por miedo a ser “esa mujer embarazada que bebe” fuimos a pasear por la playa. Al parecer la guata me da más calor así que quise refrescarme y darme un baño en el mar. Movilice mi excedido de peso cuerpo, mi ahora convento portátil, en las frías aguas del Atlántico. Unas olas punzantes de corriente atravesaron mi panza cuando me golpeó el agua.
Grandioso, pensé. Los chocolates me dan acidez, el vino está fuera de mis límites, los baños calientes y las pedicuras son muy riesgosos ¿Y ahora el mar también es peligroso? ¿Acaso debo comportarme como una monja durante el embarazo?






