He dicho todo tipo de cosas durante mis partos. No todas ellas han sido amables. Casi siempre los he manejado bien, creo, al menos desde la epidural en adelante.
Durante mi primer parto me la pasé casi todo el tiempo twitteando, poniendo al día a mis amigos y a seguidores de mi blog. La segunda vez, como el parto se atrasó cinco días desde la fecha probable de parto, y me tomó por sorpresa no lo compartí mucho en las redes sociales.
Llegué al hospital con contracciones de parto muy fuertes y pensando que se me salía la guagua. Pensé que tal vez este hijo podría tenerlo sin anestesia. Así que cuando la enfermera de dedos gordos me dijo que tenía apenas tres centímetros de dilatación quedé completamente decepcionada. Le dije a mi marido que estaba arrepentida, que el parto sin anestesia era para los pájaros o para la mujer maravilla y que yo no era nada de eso. Y que necesitaba anestesia epidural urgente.
El experto en obstetricia se negó a ponerme la epidural sin revisarme antes, y verificar el estado de la bolsa amniótica. Para entonces ya tenía siete centímetros de dilatación. Dude un momento, acerca de aceptar o no la epidural. Finalmente opté por finalizar el parto bajo la bendición de la anestesia. En cuanto me doparon le pedí a mi marido mi bolsa de maquillaje y mi cepillo de pelo, no quería salir mal en ninguna foto. Puede sonar ridículo pero antes de tener a mi primer hijo tenía los rulos puestos hasta justo antes de pujar. Siempre digna, después de todo son fotos que quedarán para siempre y que circularán en los celulares de todos!
Al final de pujar y transpirar y si, gritar un poco lo admito y llorar al ver por primera vez a cada uno de mis hijos, la verdad no importa como te veas. Para tu hijo siempre serás la mamá más linda del mundo y para una lo único importante es ese minuto en que ponen a tu hijo por fin en tus brazos. ¿No creen?