Me van a decir que tengo una forma de criar demasiado relajada: Mi hijo Gabriel, que ya esta en Kinder, todavía se chupa los dedos. No el pulgar, sino los dedos, el índice, el del medio y el anular. Ya tiene los nudillos con una permanente sombra rosada rojiza y también callosidades.
En estos cinco años no he hecho nada por desanimar esta conducta que lo relaja y que hace en forma inconsciente.
Creo que Gabriel se chupa los dedos desde que estaba embarazada, recuerdo que en los ultrasonidos siempre salían cosas puntiagudas cerca de su cara con forma de dedos. Lo hizo los primeros días en la clínica en la unidad de neonatología, sin duda esto le da alguna especie de sensación de calma.
Continuó chupando sus dedos cuando se convirtió en un niñito y aprendió a caminar y a hablar y entró al preescolar, y mientras jugaba con sus amiguitos en la plaza.
Creo que el es un pequeño hombrecito que constantemente trata de demostrar lo independiente que es (una dulce manera de decir lo terco que puede ser mi hijo). Por años hemos tenido problemas por lo mañosos que es para comer y por lo malo que es para dormir. Es voluntarioso y quiere que las cosas se hagan en sus propios tiempos, y en sus propios términos.Todo esto me hace estar constantemente diciéndole que no, y bueno si chuparse los dedos lo hace sentir mejor, qué más da.
Sin embargo, me doy cuenta que puede tener efectos negativos: puede causarle problemas para hablar, o problemas en su dentadura, por ejemplo. también puede estar comiendo gérmenes aunque hasta ahora Gabriel es el que siempre está sano mientras todos en la casa nos enfermamos. Hasta ahora la única consecuencia real que hemos tenido es la desaprobación del resto, como cuando Gabriel “jugó” fútbol a los 3 años y el entrenador lo regañaba constantemente para que dejara de chuparse los dedos, lo único que hizo fue que Gabriel ahora quiera hacer cualquier deporte menos fútbol. Como mamá también tengo que lidiar con la desaprobación verbal y no verbal de otros adultos.
Nunca me preocupe por los comentarios ni deje que los juzgaran por chuparse los dedos, hasta que Gabriel empezó el Kinder, cosa que él ama más de lo que nunca pude imaginar (para que hablar de la ansiedad que me dio al principio). Disfruta de su nuevo status de niño grande. Y todos sabemos que los niños grandes no se chupan los dedos (aunque cuando la vendedor del supermercado donde vamos siempre se dio cuenta de que Gabriel se chupa los dedos me contó que ella también tenía esa costumbre cuando niña, y que todavía lo hace cuando está estresada. Quedé con la boca abierta. Los adultos no debieran chuparse los dedos ¿Cierto?)
Así que el otro día le hice el comentario suavemente a mi hijo. “Mami, tengo que chuparme los dedos.”
Le pregunté qué podía hacer yo para que dejara de hacerlo. “No dejaré de hacerlo” dijo.
Su pediatra me dio un consejo. El hábito ya está tan arraigado, que me dijo que no lo forzara a dejarlo. Honestamente estoy de acuerdo. Obligarlo va a ser una pelea perdida. Primero se los chupa dormido. Ni siquiera sabe lo que hace. Segundo, si trato de forzarlo y cortarselo de día, probablemente lo va a hacer a propósito aún más solo para demostrarme que puede.
No es por flojera pero creo que la única forma de cortar este hábito es que los otros niños se burlen de él. Sé que suena como de mala madre querer que otros niños sean malos con el mío pero estoy esperando que suceda y poder terminar con lo de los dedos de una vez.
Porque en todo lo que pienso es en este adulto que se chupa los dedos trabajando en el supermercado, y espero no estar viendo como recibe su título en la universidad mientras se chupa los dedos.
Ah y además de chuparse los dedos, a Gabriel también le gusta jugar con sus orejas. Otra cosa que aún hace.






