Estoy en mi habitación/oficina, en mi escritorio frente a la ventana, mirando el patio de atrás lleno de pavos salvajes y no puedo distinguir los polluelos pavo de sus madres. Son solo una gran banda esperando para robarse mis moras.
Isla, mi hija de 7 años, recién despertó y atraviesa corriendo mi puerta siempre abierta y se mete a lo que se supone es mi baño pero que ahora es el baño de todos, se sienta brevemente con la puerta abierta hasta atrás y hace pipi cantando alguna suerte de feliz canción de buenos días. Después se para en mi cama, solamente en calzones, con las costillas para afuera. Se está lavando los dientes, su nueva obsesión – Mami ¿ya están blancos mis dientes? – mientras camina por el borde de la cama, como si caminara por un trampolín.
Con suerte me mira, no parece notar que estoy aquí sentada, tratando de concentrarme en lo que escribo. No puedo evitar mirarla, inquieta y ajena. Sabe que no le voy a gritar, ni decirle que se baje. Lo que es mío es de ella. Ella es mi dueña. No hay límites.
No siempre fue de esta forma. Paso sutilmente, a través de los años. y parece haberse cimentado este verano, uno de los más centrado en mis hijos que he tenido. Todas las puertas están abiertas. Nadie puede decir donde termino yo y donde empiezan mis hijos. No se si es porque Ester está asomándose en la adolescencia. a punto de escaparse de mis manos, o simplemente porque estoy cansada, pero parece que soy incapaz de cerrarlas por miedo a perderme un segundo de esto.
Cualquier mamá cuerda con un trabajo o un proyecto debiera alejar a sus hijos, tal vez decirles que se fueran a ver televisión o que salieran a jugar, y cerrar la puerta tras ellos. Pero aquí estoy, aguantando las constantes interrupciones como una mártir esperando una humilde placa de reconocimiento cuando muera.
Intento escaparme media hora para hacer yoga todas las mañanas. Como por arte de magia, ambas niñas llegan de vuelta a mi pieza. Ester tiene a Isla con un vestido de princesa, lo estiraron hacia abajo para que se viera mas largo y le puso un guante de beisbol en la espalda para que se vea mas potona.
“Tremendo poto” Dice Isla mientras baila vals por la pieza y se mira en mi espejo.
Ese es el juego – Isla es la actriz, Essie es la diseñadora – casi siempre. Y al parecer creen que debo ser testigo de todo el proceso de transformación hasta que María Antonieta esté lista para subirse a su carroza, tirada por la bicicleta de Essie.
“Mami, mira el trasero de Isla” me dice Essi. “Mami ¿te gusta lo que le hice en el pelo?”
Momentos antes, Ester tomó la pinza con la que me estaba sujetando el pelo mientras estaba en la posición de la cobra.
“¿Te molesta si tomo esto? Lo necesito para el peinado de Isla”
“Por supuesto que no mi amor. Lo que es mío es tuyo.”
Ese mismo día en la tarde, vino a visitarme una vieja amiga. No nos habíamos visto en años. Mientras intentabamos ponernos al día Isla de repente tenía una docena de cosas urgentes que decirme. No podía parar de interrumpirme. Yo trataba desesperadamente de terminar una sola historia, mientras Isla me tiraba el brazo, con esa mirada seria e insistente en su cara.
“Mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mami, mamá, mami, maaaaaaaa!”
Le dije en voz baja que se esperara pero parecía físicamente incapaz de hacerlo. Está decidida a atraer mi atención hacia ella. Y Ester, mi hija mayor, normalmente autosuficiente, aparentemente se siente intimidada con los hijos de mi amiga. Intentaba sentarse en mi falda una y otra vez. Literalmente interponiéndose como una barrera física entre mi amiga y yo. ¿De qué se trataba todo esto?
En un momento de claridad, en vez de permitir esta violación de mi espacio personal, le dije.
“Ester, ¡en serio! Realmente necesitas subirte encima mío, estar en mi falda mientras intento hablar con mi amiga”
Me dio una mirada de dolor, se bajó y se sentó en la silla de al lado. Por un segundo me sentí culpable, como una mala mamá, pero traté de ignorarlo y seguir la conversación. Mi amiga que tiene un hijo de 12 años, que ella insistió dejaramos jugar afuera se asomó a mirarlo y me devolvió una mirada de comprensión.
Escrito por Betsy S.






