El fin de semana estuve en un babyshower, y cómo ocurre a menudo en estas reuniones, muchas mamás compartían diferentes historias de cosas que les habían ocurrido con sus hijos.
Una de las mamás nos confesaba su molestia con esos padres (que por cierto comparto) que parecen no observar a sus hijos mientras juegan en la plaza o interactúan con otros niños. Peor aún, son padres de unos niños con carácter muy fuerte y avasallador que suelen pasar por sobre los otros niños e incluso agredirlos.
Esta mamá por el contrario, tenía una hija que no se defendía, y el resultado era que cada vez que iban a esa plaza ella debía intervenir para defenderla o rescatarla de alguno de esos niños abusivos que la agreden incluso golpeándola.
Me quedé pensando, primero en dónde están los papás de esos niños abusadores, si ya a los 5 años se sienten con derecho a tratar a los demás como se les antoja y los padres no los corrigen no quiero ni pensar cómo serán en la adolescencia.
Y en segundo lugar me puse a pensar en esa niña y en esa mamá. Puedo entenderla perfectamente, es casi imposible contener las ganas de corregir a esos niños que le hacen daño al de una, o exigirle a la madre de éste que haga algo con su pequeño demonio. Es aún más difícil contener las ganas de rescatar a nuestros hijos cuando los vemos ante un peligro, molestia, dolor o cualquier cosa que pueda alejarlos en lo más mínimo de la felicidad (si hasta vacunarlos es una tortura). ¿Pero qué tan bueno es que intervengamos? ¿En qué minuto debemos hacerlo?
Por un lado no podemos dejar que los golpeen ni que se excedan con ellos, pero por otro, si estamos siempre defendiéndolos y peleando sus batallas. ¿Cómo aprenderán a resolver sus problemas?
No tengo respuesta, dejo la pregunta abierta para que nos escriban acerca de sus experiencias.






